Tal vez un día llegue a Marte

El siguiente poema es un poco… “experimental” por decirlo de alguna manera, no es mi mejor escrito pero creo que expresarse sobre el desamor en formas poco habituales y divertidas ejercita la mente y el corazón, ojalá les guste.

Tal vez un día llegue a Marte

Tal vez un día llegue a Marte,
donde volar sea sólo cuestión de dar un salto,
donde la presión no me preocupe,
y los días sean un poco más largos.

Tal vez un día llegue a Marte,
donde sólo seas un punto azul y brillante en el cielo,
donde nos separen dos atmósferas e infinidad de hemisferios.

Tal vez un día llegue a Marte,
donde sólo una lente gigante me permita inferir tu presencia,
donde sólo pueda alcanzarte con una potente radiofrecuencia.

Tal vez un día llegue a Marte,
donde se desarrollen flores que no quieras ocultar,
donde este amor por fin se pueda evaporar.

¡Tal vez un día llegue a Marte!
Tal vez un día llegué a Marte
.

Julio César

El anatema de tu ausencia

Antes de presentar el siguiente poema quiero agradecer a todo aquel que por azares de la casualidad se haya encontrado con este pequeño blog, porque escribir me aleja del agobio de la procrastinación y de las obligaciones del día a día, sepan que sus lecturas me impulsan a seguir adelante con este proyecto.

Muchas gracias.

El anatema de tu ausencia

Sombras pálidas y luces negras desfiguran una larga carretera,
con baches en la acera y cebras que chorrean.

Una gota sin tormenta, destellos que no ciegan;
corre sangre que congela hacia labios que no besan.

Rizos que se enredan entre días que no llegan;
afuera, montaña sin veredas bajo un cielo sin cometas.

Tocan a la puerta, extremidades con gangrena.

Palpitante, el anatema de tu ausencia.

Julio César

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Una separación

Más de seiscientas lunas se quedan atrás,
con un litro de tinta, dos plumas,
y kilos de pap
el.

Cientos de tazas de café,
conversaciones agotadas, sin inicio
ni desenlace.

El siete por ciento de mi vida,
impregnado en un cuadernillo deshilachado.

Cincuenta por ciento de mi ser,
en perpetua ausencia por la pandemia.

Así acaba, serpenteando en un pequeño auto rojo,
con el brillo del mar a la espalda.

Tres mil kilometros más por recorrer,
con tres de cuatro risas esperando,
tres cuartos de vida aguardand
o.

Hasta otra, Ensenada…

Julio César

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Cartas varadas II: Una carta de cumpleaños

Fragmento de una carta en la que deseaba feliz cumpleaños veintitrés a una persona muy querida, escrita hace aproximadamente seis años. No la publico completa pues quiero mantener un poco de privacidad, por respeto a la destinataria.

A veces me pregunto, ¿Cuál será el destino de las cartas físicas que he entregado en toda mi vida? Ojalá todavía existan algunas de ellas guardadas en la caja de zapatos escondida bajo alguna cama.

Una carta de cumpleaños

Cuando la tristeza se asome sobre tu horizonte,
cuando veas borroso, cuando el oído te falle,
cuando la sombra del miedo te nuble la mente y la razón.

Cuando el tiempo parezca congelarse,
cuando te atormenten las paredes de un lóbrego laberinto,
cuando te falte el aliento, y sólo llorar sea opción…

Estira los brazos, toma cualquier resquicio de luz y avanza.

Corre, camina o gatea si es necesario;
que ningún pequeño esfuerzo es lo suficientemente pequeño, y
si no logras mover siquiera un centímetro los pies…
¡Llámame!, que con un empujón te ayudaré.

Tal vez el tiempo haga de estas letras guardadas en la caja de zapatos escondida bajo tu cama tan sólo hojas viejas,
trozadas por los dobleces y escritas con tinta grisacea; pero tendrán la misma fuerza del puño con el que se escribieron…
Más cuando la tristeza se asome sobre tu horizonte, leelas, que con un poco de suerte, gran imaginación y mejor visión, encontrarás algo por qué sonreir.

Julio César

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Tinta y sueño

Tan sólo quería dormir, para alejarme de aquella y de todo lo que representa. Sumergí mi nuca en la almohada, conté más de tres rebaños, y cuando por fin empecé a perderme, ingresé en la tierra de la que ella parecía ser la dueña. Así nació este pequeño poema, después de una noche de desesperación por no poder dormir; noche en la que juzgué conveniente crear el último escrito del cuál ella sería mi musa explícita.

Tinta y sueño

Esperaba conciliar el sueño antes de que te manifestaras en mi subconsciente,
antes de recordar la fácil mueca causada por una presión inocente.

Pero apareciste,
como si no bastase que en la tinta de mis versos a menudo brote tu figura;
contorneando las “emes”, borroneando las “eles”
, deformando las “jotas”.

Me levanté de la cama,
con bruxismo y cuasi sonámbulo tomé la tinta corrupta sobre la mesa,
recargué una pluma, y fusilé mi libreta con tus letras.

Mancillé los “te quiero”, abatí los “perfectos”, los “celosos luceros”;
y por fin me reconcilié con el sueño,
me sumergí en visiones que tenían el aroma de tus labios,
la silueta de tus pechos.

Julio César

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Permisos

Déjame enmarcar tus sentimientos,
entintarlos con la peor de las letras,
agobiarte con cartas dispersas.

Sucede que el mar es un buen comienzo,
que la playa nos acompaña al caminar,
que las olas no esconden tu palpitar.

Gírate, escucha:

Permite a mis ojos coincidir con los tuyos,
enrojecer tus mejillas con mis besos,
humedecer tus manos con mis nervios,
a tus oídos ser colmados con mis versos.

Julio César

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Pidiendo un adiós

Lo siguiente es algo de lo último que escribí al amor de mi adolescencia y primeros años de adultez. Fue una manera de pedir un adiós que en retrospectiva sólo era autoflagelación, un peldaño en medio de un camino totalmente incorrecto. Un camino incorrecto que me mostró la persona que deseo ser, uno por el que descubrí que no tiene sentido cargar culpas o frustrarse por mucho tiempo, que los años pasan muy rápido y sólo hay una vida.

Pidiendo un adiós

Entiendo que no me necesitas, que ya no me quieres,
comprendo que me odias, que no te repones,
que las heridas que te hice son muy profundas.

Sé que no quieres verme, que no te apetece hablarme,
que no te nace escribirme, pensarme, amarme;
lo entiendo perfectamente.

Aquello que no comprendo es tu caliente mano tocando mi piel,
tus húmedos labios estremeciendo mi ser,
no asimilo las caminatas infinitas de esperanza,
las acciones, las palabras que por destellos exclamas.

Sé que probablemente merezco sufrir mucho más,
pero dime, dime de una vez por todas que no me necesitas,
dime que se esfuma mi presencia de tu ser,
dime que la vida te ha traído mejores tiempos,
dime que nuestras sombras andan en sentidos opuestos.

Dime que ya no me amas, que me has olvidado,
que los luceros ya no tienen envidia,
que no habrá más anécdotas que contar ni problemas por reconciliar,
tan sólo dime que no hay más tu y yo.

Julio César

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Laguna

Cerca al ocaso, caminando de la mano, una pequeña ciudad y su laguna siendo testigos de aquel par. Aquellos conociéndose, riéndose de las casualidades. Con la cara roja y una mano temblorosa sujetando una pequeña hoja de papel, pidiéndole a ella un minuto para su recital. Fue este el simple protocolo para hacerle saber cuánto quería quererla, tal vez de la única forma en la que él sabía expresarlo.

Laguna

No pienso, no existo. Luego te veo y mis ojos brillan,
y las noches frías se vuelven tibias, y caigo en la cuenta de que los años
pasaban y nadie venía.

De pronto un día conmigo a solas, se apagan las luces y con humedad en la frente me pides inesperadamente una salida.

Pasa un minuto y no despierto, mi piel tiembla, una arritmia de mi se apodera. Mi mundo cambia, el yo termina.

Somos nosotros, un par que no conoce lo que se avecina; pero no importa, nada importa si me miras y me besas y de la mano me tomas; y los nervios me colman, si vivimos ahora lo que aguardó mil vistas y cero palabras.

Te quiero, y con un contexto nuevo; no pienso, no existo, mis ojos brillan y las noches frías se volvieron tibias.

Julio César

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La biblioteca

La nostalgia es fuerte, es comida para la imaginación. Es el recorrido mental de una biblioteca empolvada, de un faro cortándote la pierna con las piedras afiladas de su orilla, es un perrito con patas chuecas persiguiéndote en una casa que ya tiene otro dueño; es el miedo de tener la cabeza sumergida por la mano de tu padre en la costa veracruzana. Es el sudor de dos manos entrelazadas atravesando un mar de baches de una ciudad cualquiera en un país cualquiera. La nostalgia es motivo suficiente para escribir, para recordar.

¿Y escribir? Para ser feliz…

La biblioteca

Símbolos ilegibles bajo nuestras plumas, un par de suspiros causados por ecuaciones inentendibles.

Un beso bajo tu oreja, cerca de la comisura de tus labios, en el pliegue central del costado derecho de tu cuello.

Entrelazando mis manos alrededor de tu abdomen, el aroma característico de tu piel, las anclas sobre tu sudadera.

Un par de cuadernos sobre la mesa y las miradas de nuestros fans alrededor,
yo recibiendo de recompensa un apretón en el brazo, tu aliento y su vahar sobre mi cuello.

Un te quiero.
Un beso.

Ingenuos, felices, fingiendo regresar a la lectura.

Julio César

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Lo que no perece

Recuerdo con nostalgia esa noche, escribiendo con tinta negra sobre papel reciclado, entendiendo que un gran y largo amor había terminado definitivamente. Así fue como nació este pequeño poema que intenta reproducir de forma vaga el estilo de Benedetti.

Al leerlo, pienso en todo lo que el desamor llega a inspirar, induce reflexiones sobre cuándo llega el momento en el que decidimos o sentimos amar a alguien y cuánto tiempo ese sentimiento puede permanecer. A pesar de que por mera probabilidad la mayoría de las relaciones terminan ¿No es lindo escribir un poema imaginando que en cuarenta años tu amada lo escuchará tomada de tu mano?

Lo que no perece

Aunque las llamas se consuman y los ríos se sequen,
aunque las estrellas se enfríen y el oxígeno se agote,
aunque no me busques y yo no te encuentre,
aunque no me extrañes y yo no te recuerde.

Aunque no vuelva a escribirte y tú no vuelvas a leerme,
aunque en estas palabras mi inspiración se esfume,
aunque de mi musa tu papel termine,
aunque los animales perezcan y las flores marchiten.

Aunque nuestras vidas concluyan,
aunque entre huracanes y devastaciones todo se derrumb
e…

Te amaré, indefinidamente.

Julio César

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